Redes sociales y elecciones

Editorial

Redes sociales y elecciones

Redes sociales y elecciones: entre la democracia digital y la manipulación

 

Por: Ing. Abdón Sánchez Castillo -Master of Business Administration (MBA) Universidad de los Andes.

Las redes sociales se han convertido en uno de los escenarios más influyentes de las campañas electorales modernas. Lo que antes se debatía principalmente en plazas públicas, periódicos, emisoras o canales de televisión, hoy circula con enorme velocidad por Facebook, Instagram, TikTok, WhatsApp, YouTube y otras plataformas digitales. Allí se informan millones de ciudadanos, se forman opiniones, se refuerzan creencias y, en muchos casos, se toman decisiones políticas.

Esta realidad tiene un lado positivo. Las redes democratizaron la comunicación: ya no se necesita ser dueño de un periódico, de una emisora o de un canal de televisión para expresar una idea, defender una causa o cuestionar a un candidato. Cualquier ciudadano, con un celular y una conexión a internet, puede opinar, crear contenido, convocar personas y participar en el debate público. En Colombia, según DataReportal, para 2026 había 41,7 millones de usuarios de internet y 37,7 millones de identidades de usuarios en redes sociales, equivalentes al 70,4 % de la población. Además, TikTok reportaba un alcance publicitario equivalente al 93 % de los adultos del país, lo que muestra la magnitud del escenario digital en el que hoy se mueve la opinión pública.

Pero ese mismo poder también tiene un lado oscuro. Las redes permiten difundir información falsa, videos sacados de contexto, calumnias, rumores, montajes, audios manipulados e imágenes creadas con inteligencia artificial. Lo más preocupante es que muchos de estos contenidos se presentan como si fueran reales, apelan a la emoción antes que a la razón y se comparten con una velocidad que supera cualquier posibilidad de verificación inmediata.

Durante las campañas electorales recientes hemos visto videos aparentemente reales, memes, imitaciones, caricaturas digitales, discursos manipulados y piezas creadas con inteligencia artificial que antes solo parecían posibles en grandes producciones de cine. La tecnología, sin duda, es impresionante; pero cuando se usa para engañar, destruir reputaciones o fabricar realidades paralelas, se convierte en una amenaza para la democracia.

El problema no es solo que exista información falsa. El problema es que muchas personas no se toman el tiempo de verificar fuentes, comparar versiones o revisar si una noticia proviene de un medio confiable. En medio de la polarización, la gente tiende a creer aquello que confirma lo que ya piensa. Así, una mentira bien presentada puede convertirse rápidamente en una supuesta verdad colectiva.

Los datos muestran que esta preocupación no es menor. En Colombia, el Digital News Report 2025 del Instituto Reuters encontró que la confianza en las noticias estaba en apenas 32 %, el nivel más bajo desde que el país fue incluido en ese estudio. El mismo informe señala que el 59 % de los colombianos se declara preocupado por las falsedades que circulan en internet, y que muchos consideran que políticos e influencers son una de las principales amenazas para la información veraz. También encontró que las redes siguen siendo fundamentales para consumir noticias: Facebook alcanza el 47 %, WhatsApp el 35 %, YouTube el 34 % e Instagram el 28 %.

A nivel global, el panorama confirma esta tendencia. El Digital News Report 2026 señaló que, por primera vez, las redes sociales y las plataformas de video superaron a los sitios web y aplicaciones de medios como fuente de noticias en los mercados analizados. En promedio, el 54 % de los encuestados usa redes sociales y video para informarse, y el 30 % las considera su fuente principal de noticias. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el fenómeno es aún más fuerte: el 52 % afirma que las redes sociales, las plataformas de video y los chatbots de inteligencia artificial son su principal vía para acceder a noticias.

En ese contexto aparecen los influencers, que hoy cumplen un papel que antes estaba reservado a periodistas, líderes políticos, académicos o dirigentes sociales. Muchos logran construir comunidades fieles, generar confianza y movilizar emociones. Algunos lo hacen con responsabilidad, estudiando los temas y aportando al debate. Otros, en cambio, opinan sin rigor, simplifican problemas complejos o difunden información sin verificar.

El Instituto Reuters también reportó en 2026 que el 27 % de los encuestados a nivel global había consumido noticias de creadores o influencers especializados en información durante la semana previa. Si se incluyen creadores de entretenimiento que ocasionalmente hablan de actualidad, la cifra sube al 46 %. Esto demuestra que los influenciadores ya no son simples figuras de entretenimiento: muchos se han convertido en intermediarios de la información política.

Este fenómeno tiene una explicación humana. Las personas buscan referentes, líderes, voces cercanas y figuras con las cuales identificarse. En sociedades cansadas de la política tradicional y desconfiadas de las instituciones, un influencer puede parecer más auténtico que un candidato, más cercano que un periodista y más entretenido que un debate serio. El riesgo está en que esa cercanía emocional termine reemplazando el análisis crítico.

Las redes también funcionan con algoritmos que premian la emoción. Los contenidos que generan rabia, miedo, burla o indignación suelen circular más que los mensajes serenos y equilibrados. Esto produce cámaras de eco: espacios donde las personas escuchan casi siempre lo mismo, siguen a quienes piensan igual y terminan creyendo que su visión del mundo es la única válida. En época electoral, ese fenómeno puede radicalizar posiciones, aumentar la intolerancia y convertir al adversario político en enemigo.

La inteligencia artificial profundiza aún más el desafío. Cada vez será más difícil distinguir entre un video real y uno falso, entre una voz auténtica y una clonada, entre una foto verdadera y una imagen fabricada. Por eso, el ciudadano del futuro —y del presente— tendrá que desarrollar una nueva habilidad democrática: aprender a verificar antes de creer y pensar antes de compartir.

No se trata de rechazar las redes sociales. Sería absurdo hacerlo, porque ya hacen parte de la vida diaria y también han permitido mayor participación, denuncia ciudadana y vigilancia del poder. El reto es usarlas con responsabilidad. La democracia necesita ciudadanos informados, no ciudadanos manipulados; necesita debate, no insultos; necesita argumentos, no montajes; necesita libertad de expresión, pero también responsabilidad frente a la verdad.

Por eso, los jóvenes deben aprender desde temprano a identificar fuentes confiables, revisar fechas, verificar autores, desconfiar de contenidos demasiado emocionales y buscar más de una versión antes de formar una opinión. Y los adultos tampoco están exentos: la desinformación no distingue edad, profesión ni nivel educativo.

El Estado, el Congreso, las autoridades electorales, las plataformas digitales, los medios de comunicación y la sociedad civil tienen una tarea urgente: crear mecanismos ágiles para enfrentar la calumnia, la suplantación, la manipulación con inteligencia artificial y la difusión masiva de noticias falsas durante las campañas. No se trata de censurar opiniones, sino de proteger el derecho ciudadano a decidir con información real.

En Colombia hemos visto cómo una mentira puede destruir el buen nombre de una persona. Basta con que un contenido falso circule de celular en celular para que, con el tiempo, muchos lo asuman como verdad. Aunque después lleguen las rectificaciones, las aclaraciones o incluso las decisiones judiciales, el daño reputacional ya está hecho.

Las redes sociales son hoy una nueva plaza pública. Allí se conversa, se discute, se persuade y también se manipula. En ellas puede fortalecerse la democracia, pero también puede debilitarse. Todo depende de la responsabilidad con la que las usen los ciudadanos, los candidatos, los influenciadores, los medios y las plataformas.

En tiempos de redes sociales e inteligencia artificial, votar no solo exige escuchar propuestas. También exige dudar, verificar, contrastar y pensar. Porque una democracia no se protege únicamente contando votos, sino garantizando que esos votos nazcan de ciudadanos libres, informados y conscientes.


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