La reforma tributaria que no ha sido… ¿por qué sí?

Tributario

La reforma tributaria que no ha sido… ¿por qué sí?

La reforma tributaria que no ha sido… ¿por qué sí?

 

Y entonces, como era de esperarse, pero nadie lo está esperando, la gran reforma tributaria del 2025 que aún se encuentra en medio de un debate parlamentario activo, lo cierto es que enfrenta una resistencia política en medio de la incertidumbre y por eso no ha pasado.

A pesar que el Gobierno la presentó como una ley de financiamiento imprescindible para cerrar el hueco del Presupuesto General de la Nación de 2026, calculado en $546,9 billones, para lo cual pretende recaudar cerca de $16,3 billones adicionales con este proyecto, ni con cifras redondas ni con discursos encendidos ha logrado convencer ni siquiera a quienes juraban estar más convencidos.

Si la reforma no pasa, el Gobierno, en su infinita sabiduría fiscal y su modestia sin límites, insistirá en que la culpa es del Congreso, de los empresarios, de los técnicos, del Fondo Monetario Internacional, de la oposición, del cambio climático, de Trump, del algoritmo… y del periodista que “no ha sabido comprender su visión transformadora de la justicia tributaria integral con enfoque popular, transparente y sostenible”. Palabras más, palabras menos.

Pero la realidad es otra, en Colombia los impuestos ya no caben en los formularios y los formularios ya no caben en la paciencia de nadie, algunos con más de 110 renglones, el ciudadano promedio de a pie ya no distingue entre cumplir con el deber de pagar impuestos o participar en un acto de fe. El contribuyente paga sin saber por qué, mientras el Estado gasta sin explicar para qué.

Si esta reforma se hunde —o continúa varada en ese limbo legislativo donde nada muere, pero nada avanza— no será por razones técnicas, sino por razones de soberbia. Porque cuando el liderazgo recae en un gobernante que se asume estadista, activista, tributarista, abogado, matemático y filósofo al mismo tiempo, el resultado suele ser una oda al absurdo. Si a esto se le suma que vive rodeado de ministros que asienten más que un perro decorativo de taxi, pues nadie se atreve a recordarle que los huecos fiscales no se tapan con discursos ni los déficits con metáforas. Si alguien se atreve a contradecirlo, le pide la renuncia en vivo y en directo antes de que termine el Consejo de Ministros.

En este país donde se reforma todo menos la coherencia, se insiste en presentar este proyecto como “la reforma del pueblo”. Pero el pueblo no la ha entendido, los empresarios no creen en ella —y además el Gobierno no dialoga con ellos—, los congresistas no la han leído, siendo altamentente probable que sigan sin leerla, y la DIAN, la UGPP y los Municipios bueno, ellos siguen fiscalizando y, sobre todo, embargando. Porque si algo funciona en Colombia, es el embargo.

Cantinflas estaría orgulloso: “Aquí lo importante no es que se apruebe la reforma, sino que se reforme lo aprobado para aprobar lo que no se ha reformado. Y así seguimos reformando sin reformar nada”.

En últimas, si la reforma tributaria no pasa es porque quieren cambiarlo todo, cuando en realidad no está cambiando nada. Y el Presidente, con su habitual humildad de estadista iluminado, aunque presentó la reforma para que la apruebe el Congreso dirá que “no fue una derrota, sino un aprendizaje”. Mientras tanto, los contribuyentes —que ya hemos aprendido bastante— seguimos esperando que algún día la justicia fiscal deje de ser una promesa retórica y empiece a ser una práctica institucional.

Hasta la próxima reforma… si es que esta no pasa.

 

 

 

Oscar Alfonso Rueda Gómez Abogado tributarista y Docente Universitario 

Instagram: @oruedagomezabogado


Compartir

Comentarios


Artículo sin comentarios

Escribe un comentario