La dial
En gracia de discusión recordemos que la Constitución de 1991 se estructuró en un momento coyuntural muy fuerte de nuestra sociedad, nos encontrábamos entre la espada y la pared, la institucionalidad pública se veía reducida al imperio de la violencia y coacción de unos pocos que estaban redefiniendo nuestra realidad. Este escenario generó diferentes movimientos sociales apuntalados a un fin, rediseñar nuestro contrato social, este surgir político contó con el apoyo y la movilización de la sociedad. Así, hace 24 años se clavó nuestro hito de cambio con el objetivo de proteger desde la institución más alta de rango jurídico todo aquello que necesitábamos a gritos o a llanto: respeto a la vida, respeto a las prerrogativas mínimas que como sociedad queríamos tener plenamente garantizadas.
En torno del clivaje descrito, creamos y le pusimos como sociedad nuestra alma, vida y corazón a ese texto, en el cual fundimos nuestro anhelo como colectivo y así nació nuestra Constitución, fruto de la necesidad de un giro de tuerca y de enaltecer el infravalorado bien de la vida y del bienestar social, por lo cual no me resulta extraño entender que se hubiese vuelto el centro legal, social y por qué no antropológico de nuestras épocas venideras.
Casi tres décadas después, cuando leo ese texto que le dio una ilusión a nuestro pueblo, a esa piedra filosofal de nuestra realidad, me encuentro con un margen amplísimo de garantías y de empoderamiento del demos, plasmado en unos derechos bien estructurados, robustecidos en el marco de los derechos fundamentales, redactado en los términos precisos y con el alcance irrestricto adecuado, pero cierro los ojos y no encuentro correspondencia entre lo que mi mente procesa y mis ojos y oídos perciben diariamente. Me niego a creer que como sociedad no hemos tenido el suficiente talante de trabajar por cambiar nuestra realidad, me niego a creer que ese centro sacro de voluntades aunadas por un futuro mejor se quedó en una mera enunciación positiva y lírica del deber ser de la sociedad, del gobierno, de las altas cortes, de los entes de control y del sistema político-representativo.
Me niego a creer que fuimos y somos una sociedad parásita que nos conformamos con un discurso constitucional y social fastuoso, excelso, sublime que no cobró valor en la realidad. Tenemos una Constitución que ha sido vapuleada por un exceso reformas, en especial en los últimos 12 años, que quizás le han hecho perder el respeto jurídico como norma suprema, sin que se configuren como una respuesta efectiva a los problemas sociales, por el contrario distraen y se adecuan al traje del que la necesita a su antojo, obnubilando desde la engañosa lírica intelectual, jurídica y humanista al demos, quien es al final del día el que paga su propia incompetencia y a quien le corresponde enaltecerla en las justas proporciones de su naturaleza.
La Constitución nos duela o no, es una poesía impracticable en el sistema político y social colombiano, que no refleja y no responde efectivamente a las necesidades de la nación sustentada en nosotros. Debemos ser conscientes que tenemos, al menos escrita, la base de un mejor país, que así como la realidad no mejora con la expedición de una norma, tampoco lo hacen los 140 caracteres de twitter ni las disertaciones en Facebook. Entendamos que la relación con nuestra patria va más allá de poseer un poema como norma suprema y que las injusticias sociales y las asimetrías entre la protección y la realidad efectiva de los derechos no se reducen con opiniones sociales, sino con actos, y no con ello invito a salir con cacerolas a la 26, solo invito a que reflexionemos, conozcamos nuestra Constitución y entendamos que hace 24 años un grupo de representantes imaginaron un país mejor y así lo plasmaron, que en caso de no serlo así, el mismo pueblo en ejercicio de su poder soberano podría volver a reclamar lo que en derecho propio y natural le pertenece.
Finalmente, me niego a resignar mi entendimiento de la Constitución como una ineficacia de facto de sus postulados poéticos que la reducen a una mera cuestión retórica y de buen marketing de Estado democrático de los tiempos modernos, síntomas de una decadente sociedad fallida.
Escrito por: Juan Camilo Rojas Arias
Abogado, con especialización en derecho comercial y con dos Maestrías en: Derecho Internacional y en Derecho económico y Políticas Públicas.l
Actualmente optando por la candidatura a Doctor por la Universidad de Salamanca España.
Correo electronico: camilor99@hotmail.com
Cuenta twitter: @camilora9


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