Estas semanas se puede afirmar definitivamente lo que hace algún tiempo se venía sospechando sobre España. Y también aquello que muchos defendemos.
Lo primero:
que la democracia en España, tras 40 años de constitucionalismo formal, no ha madurado, ni siquiera se ha asentado, y si en algún momento lo hizo (se asentó), ese pilar se desvanece como un castillo de naipes. Se trata de la libertad en general y de la libertad de expresión en concreto (en su más amplio sentido, esto incluye la libertad de expresión propiamente dicha, la libertad de prensa, de creación literaria, artística o científica, la libertad de cátedra, es decir, el artículo 20 de la Constitución española).