La corrupción no es el problema.

Junio 2019

La corrupción no es el problema.

La corrupción no es el problema

En este camino que he recorrido los últimos años me enamoré del servicio público porque me di cuenta de que en cualquier instancia de la función pública tengo la capacidad de, con mi esfuerzo, ayudar a cambiar realidades. En este escenario también he tenido la oportunidad de entender el funcionamiento de una realidad colombiana de las que pocos conocen o dimensionan, allí la salud económica y social del país, en medio del manejo de las relaciones humanas, son el centro de la atención del quehacer diario. Convivir en lo público es aferrarse a un propósito cuya materialización lastimosamente no depende exclusivamente de uno, es como navegar en medio de una tormenta creyendo que todo depende únicamente del capitán del barco, el recorrido es un azar.

Se cree que el sector público controla la realidad y, aunque influye, esa aseveración está lejos de la verdad. Quizás por esa delgada línea que recorre entre la frustración, la resiliencia, el optimismo, la confianza, el propósito y el temor, es que me volví un hombre que cree en el mundo de las ideas (jamás de las convicciones), porque éstas indefectiblemente resultan en el propósito que va marcando cada acción.

En esta experiencia he aprendido que hay códigos descifrados entre actitudes y valores inmersos en los diálogos técnicos y humanos que permean la comprensión del mundo y van creando el espíritu colectivo “ethos”. Las sociedades se encuentran conformadas por estructuras diferenciadas e interrelacionadas entre sí, donde uno esperaría – bajo una lógica de colmena y de democracia - que la función declarada de cada participante social se correspondiera con el todo -función social-.

En esta suma de decisiones individuales es que se da la construcción de una Nación. A los pueblos se les mide por sus relaciones sociales y por la forma en que vive la gente y se relaciona con lo público, no por sus declaratorias de derechos, concebir la vida bajo el marco de una constitución lírica sin apropiación y una concepción tiránica, apática y egoísta de la realidad le resta exponencialmente beneficios al todo. Quizás la enfermedad más grande que tenemos como país es el querer “racional” de afianzarnos en nuestras propias creencias sin medir la evidencia del otro, lastimosamente somos por instinto reticentes a aceptar argumentos del otro.

Así, bajo una visión de combate y no de debate, se mide la realidad solo en beneficio personal en pro de la visión personal y no del colectivo, esta actitud, es nuestra enfermedad social. En esta realidad se convive con la apatía, la corrupción, la violencia, y fragmentación social, negando la materialización de democracia real. Creamos ese “ethos” del cual solo va salir ganando la demagogia.

La superposición del yo sobre el otro nos permite ilustrar una vaga lógica de funcionamiento, así: un hacedor de política, le resulta cómodo ser egoísta y afianzarse en su creencia, en la medida en que ésta le reporte beneficios en su posición dentro de la jerarquía social. Para sus seguidores políticos y en la medida en que su realidad egoísta no brinda oportunidades reales, la política se vuelve un sustituto sentimental y moral de una solución real, de manera que, el beneficio del político, de forma concertada, se filtra al seguidor materializado en su propio beneficio egoísta -bajo el racional pretexto de: mejor algo que nada-.

Para la sociedad en general la creencia en la política resulta improbable, pues enruta sus maneras de actuar de forma egoísta y muchas veces mal informada, lo que se traduce en que las soluciones a los problemas no se planteen por la suma de intereses personales, sino que la sociedad debe asumir las consecuencias que el egoísmo genera de forma descendente.

Ahora bien, las cosas no mejoran de forma ascendente, la teoría ascendente del poder surge con una visión crítica y estructuradora del poder descendente, de manera que busca el empoderamiento del pueblo como fuente originaria del poder -en Colombia el constituyente primario- y tiene como objetivo controlar a los que ejercen el poder derivado – entregado- y evitar el engaño político en el que se ven las sociedades inmiscuidas. Así, se busca que la sociedad pueda detentar la verdad y controlar los excesos humanos a través de la elección popular y del control político.

En este escenario ascendente nos vemos avocados al mecanismo de “lavar conciencia”, de manera que la corrupción es el resultado de una visión fragmentada y agregada de la realidad exculpada. En nuestro país ha hecho carrera la justificación de lo ilegal, no se pagan impuestos por que se los roban, robo por que roban, así flexibilizamos nuestras reglas morales pensando que el mundo es de quien golpea primero, de manera que la corrupción no es la causa de nuestros males, lo que resulta palmario en esta realidad, es el egoísmo y la concepción del beneficio personal lo que allana el camino a síntomas sociales nefastos como: la corrupción, la violencia, la indiferencia.

Tornar gris la realidad es una nefasta estrategia política que nos suma en un círculo vicioso, en Colombia hace eco político y social resaltar el fracaso del gobierno actual, del anterior y del anterior. La oposición en nuestro país creo un “ethos” que por principio es incapaz de reconocer los avances en social y económico. Resulta tristemente desmoralizante, en especial para aquellos que nos levantamos diariamente a construir un sector púbico mejor, ver como estratégicamente se desmoronan todos los avances que como país hemos conseguido en términos absolutos en cuanto reducción de la pobreza, distribución del ingreso, movilidad social, calidad de vida, aumento de la expectativa de vida, calidad de la educación, alfabetización, no reconocemos los avances en equidad social, tenemos una vicepresidente mujer en un gabinete paritario, el mundo resalta políticas públicas como exitosas en cuanto a economía creativa, los mercados se dinamizan por las positivas acciones que se están tomando. En fin, los logros sociales y económicos han sido muchos incluyendo los del actual gobierno, no por ello no se deben dejar de reconocer los retos del futuro y del corto plazo en cuanto a organización política y problemáticas sociales.

La sistemática indiferencia entre nosotros y nuestras obligaciones como ciudadanos, es quizás un gran precursor de la corrupción. Ser ciudadano no solo se trata de exigir derechos o de gritar esporádicamente en las calles nuestra inconformidad política, o resaltar con sevicia los errores con culpa o dolo que se gestan desde lo público, lastimosamente creamos y avalamos una sociedad que constantemente rompe las reglas del juego limpio, hemos olvidado la práctica de esos principios rectores y valores que redefinimos en la Constitución del 91 y que marcan la definición de lo que en la teoría posibilita a una legítima democracia constitucional: el de solidaridad, igualdad, respeto por el otro, a su privacidad, al contradictor intelectual, al valor de la palabra, en fin a entender que lo público es de todos y es lo que nos define como colectividad.

En el “ethos” fragmentado que hemos construido nuestro relacionamiento se volvió transaccional y utilitarista, generando una cooperación disfrazada de intereses individuales, creando así resignación derivada de la manipulación, buscando sacar ventaja unos individuos de otros usando sus posiciones de poder. A la luz de esta concepción, la política egoísta siempre tendrá un subyacente: el engaño como relación de dominio para los propósitos personales de quienes lo ejercen.

En nuestra sociedad el elemento ideológico y demagógico ha generado la necesidad de mantener la dominación a través del mito. El espíritu colectivo al margen del mito genera manifestaciones sociales y políticas que pasan a convertirse en productos de consumo masivo y adoctrinador sobre la mentira en pro del beneficio de unos pocos. La verdadera ideología de esta sociedad que hemos construido está orientada a convencer sobre la bondad de los discursos y de la plena aceptación del desacatamiento de las normas bajo la propia excusa del otro. Nunca es tarde, pero entendamos que la corrupción es el síntoma, no la causa, y que, para tener una sociedad funcional, debemos renunciar al radicalismo y a la comodidad del yo, el país cooperativista que queremos pasa por el acuerdo, el dialogo y el respeto del ser y las reglas de conducta.

En conclusión, la única verdad evidente acá, es que para que Colombia sea mejor necesita de todos. El éxito de nuestro país no depende de 1,200.000 (aproximadamente) trabajadores públicos, no pretendamos que el aproximado 2.5% de la población cargue el éxito y el fracaso de un país de más 46 millones de habitantes. Este objetivo de remar todos por un mejor país, considero, debe empezar desde la objetividad, de reconocer el éxito y el fracaso de cada gobierno de turno. No recorrer los caminos del fanatismo es un buen inicio, no abusar del poder ni mucho menos remitir las disertaciones y las opiniones de los demás a la bajeza del maltrato y el ataque personal. Reconozcámonos como iguales, entendamos que la simplicidad de la cooperación reviste muchas formas, más allá que un contrato, y propulsemos nuestro potencial, no temamos al fracaso más si a repetir una vez y por la eternidad nuestra, el concepto de patria boba.

Como colombianos rechacemos los absolutismos que nos quieren configurar en la disonancia y la fragmentación, no creamos que estamos sumidos en un Estado corrupto que no puede ser mejor, o uno que ya estamos condenados y necesitamos un mesías redentor que vuelva a crear un status quo. El cambio que como Nación todos deseamos desde el imaginario colectivo, no es cuestión de inmediatez, ni de utopías espontáneas, es cuestión de conocimiento, esfuerzos continuos y asociados.


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